dvm.cl > Huellas Digitales II

Todo puede suceder, todo sucede por algo.

Literal-mente

Cat Power
dvm ojos de gato

El gato negro en la ventana mira cosas en el aire que sólo él las ve
Sus ojos son plateados con el sol
Sus orejas captan los infinitos detalles sonoros de la existencia
Distinguiendo a la mosca de la abeja, el paso de la nube del viento transparente
Hasta que de pronto se fija en mí
Se fija en mis ojos
Y así nos quedamos un momento
En un silencio intenso de curiosidad…
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Buena onda

dvm autoretrato de agua

Dejo que el agua se aquiete hasta que su superficie sea invisible otra vez.
Luego, meto mis pies en el agua, para agitar las aguas creando ondas. Ondas que se van expandiendo. Espero a que lleguen hasta el otro extremo y choquen contra el borde, para verlas regresar y entrecruzarse con la parte de las ondas, que al expandirse, han tocado los otros bordes, perpendiculares, para rebotar y entrelazarse con las primeras, formando un entramado de ondas transparentes, que no son otra cosa que energía invisible. Si no fuese por el agua, no la vería. La veo sólo porque desplaza al agua, que también es transparente, pero transmite el reflejo de los colores y formas del fondo y muros de la piscina, y es esa imagen la que se disturba, enturbia, y sirve de referencia para notar que el agua, a pesar de ser transparente y translúcida, existe, y posee volumen, y masa, y es movida, desplazada, por la energía invisible generada por mi pie. Pie, que he movido (a voluntad) con una orden que mi cerebro ha proyectado, antes incluso, de que yo pensase “moveré el pie” (esto demostrado empíricamente ya por los scientíficos). Pero, antes aún que esto, ha sido mi voluntad, que conecta con otra parte de mi ser que no es la razón, y eso, eso los científicos no lo pueden tocar.

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Una historia azul

pablo neruda casa isla negra chile

¿Te acuerdas? Yo no había estado nunca en la casa de Neruda, en Isla Negra. No sé bien cómo fue, estábamos hablando por teléfono (nos pasábamos horas a vista y paciencia del bolsillo de nuestros padres) de Neruda, seguramente del poema de que “Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Collar, cascabel ebrio…” Cascabel ebrio…, te das cuenta, qué maginífico. En eso estábamos seguramente. Y en algún momento me dijiste algo sobre la casa, contándome de ilusiones reales y concretas como la magia de esa casa, y yo seguro me lamenté de no haberla vivido aún, y claro, luego de un silencio empinado en el cielo de estrellas azules, me dijiste, “¿Vamos mañana?”….y yo sentí un escalofrío recorrer mi espina de pescado soñador. Cómo me encantaba que siempre hiciésemos cosas espontáneas, que me siguieras en eso, en decir, “pero si nos demoramos 1 hora en el bus y estamos ahí, frente al mar, en la casa del poeta, en qué topamos?”. Y dicho y hecho, colgamos para acostarnos ya mismo y ese Sábado nos levantamos temprano. Nos fuimos al terminal de la Alameda y tomamos el bus a la V Región, a la Isla Negra.

Como siempre llegaste antes, y en el terminal me recibiste con tus ojos radiantes, tus ojos color café, tu pelo negro, tu piel de blancanieves, tu sonrisa perfecta y dulce, y no sé porqué yo siempre te veía azul, irradiabas un tranquilizador y electrizante color azul. [Una vez escribí un poema, hace poco, luego de soñar, después de siglos, contigo y con tus ojos, que decía que no había visto nunca ojos más luminosos.]
Hablamos durante años en ese viaje de hora y media. Como siempre nos perdimos en el cielo, en la vida, en la muerte, en la música, en las risas, en las piedras de colores, en el Principito y en Bob Marley, en los pequeños cuadernos donde escondíamos poemas y dibujos en secreto, y de pronto, por la ventana, vimos que el paisaje se teñía de azul de mar profundo e infinito y verde plateado de eucaliptus y pinos…

Nos bajamos ahí frente al restorán ese que se llama algo de Pablo, donde luego estuve con V. Me mirabas radiante, como una madre a un niño con su bicicleta bajo el árbol de navidad. Y yo respiraba por todo mi ser el aire marino, el incomparable aire marino con su alimento de sal y tu cariño transparente. Y bajamos las calles de tierra entre esos pinos perfumados de vida, y en una esquina con esas rejas de palo, me dijiste acá empieza la casa…, y todo tenía un aire de ensueño, todas las tablas tenían inscripciones de los enamorados visitantes que habían pasado a recordar al poeta, al hombre, al próser de la justicia y universalidad.
A la entrada de la casa había un grupo de gente, parecía que esperaban, y nos enteramos de que, ese día, la casa estaba cerrada porque había alguna visita especial, y nos entristecimos. Será porque teníamos, ¿qué…, 18 años y actúabamos sin pensar mucho? Pero yo te dije que no importaba y que estábamos ahí igual y bajamos por el costado de la casa hasta la playa y desde abajo veíamos las campanas. Y caminamos por el arena pedregosa de la playa del rayo verde y nos dejamos humedecer por la brisa gruesa de ésas olas poderosas, y comimos en silencio sentados en una roca.

Pero como siempre contigo, todo se nutría de magia irremediable, y como me dijiste que subiésemos otra vez hasta la entrada y yo te dije que bueno, porque éramos tan libres, vimos que había mucha más gente ahora, y que el portón estaba abierto y que venía llegando un auto y que la gente abría espacio para que entrara alguien que iba a bajar de ése auto. Me dijiste – ven parémonos más cerca de la puerta – y había cierta picardía en tu mirada y yo adivinaba lo que pensabas.
Y ahí de pie bajo el sol, en medio de esa muchedumbre, vimos cómo se abría la puerta del auto y una mujer ayudaba a bajar con su chaleco rojo a Rafael Alberti, y nos quedamos así como en pausa y nos miramos y nos reímos como diciéndonos “ves lo mismo que yo?”.
Y era él, con un bastón, y la mujer que lo ayudaba tomada de su brazo, pasaron junto a nosotros, en dirección a la casa y al pasar, nos miró como miran los abuelos que van viendo al suelo para no caerse, y de pronto, levantan la mirada y te ven, y te miran. Y nosotros nos miramos y le sonreímos, y nos sonrió.

Y mientras Don Rafael había ya traspasado el portón y un séquito de quiénes se yo le seguían, me tomaste de la mano y me dijiste ven, y nos escabullimos flanqueando a la muchedumbre y nos colamos como dos ardillas al patio de entrada de la casa.
Y nadie nos veía porque éramos invisibles y con paso ligero de ardillas nos metimos por debajo del arco ese que da al barquito fuera del agua y las campanas…y en vez de caminar flotábamos con la adrenalina de estar infiltrados y sintiendo que él nos daba permiso, que él nos amparaba y nos invitaba desde el mar, porque hoy estaba su amigo, estaba Alberti de visita, y hoy había alegría, de ésa que los administradores de lo mundano no perciben.

Nos quedamos viendo el mar desde ahí, por dentro hicimos sonar las campanas 3 veces… Para evitar materializarnos y ser vistos, nos empezamos a mover sin perder el tiempo, circundando la casa por todo su contorno y sus muros de piedra, deteniéndonos en todas las ventanas posibles para apoyar la mano y mirar hacia adentro, yo para encontrar secretos y tú para que yo los viera.
Y así por primera vez conocí el Bar con sus vigas de nombres de amigos inscritos con tiza, los pasillos llenos de máscaras africanas, la sala con la mesa redonda y sus guitarras y otras cuerdas magníficas, y los mascarones de proa por todos lados flotando, esperando aún a Neftalí, a su capitán amoroso, y las caracolas…y más caracolas…, y con todos ellos nosotros flotábamos cubiertos por un manto sagrado de grandeza y eternidad, con la fresca brisa del mar y los versos resonando en nuestras mentes fusionadas.
Dimos toda la vuelta, ya atardecía, volvimos a la puerta y salimos, como si nunca hubiésemos entrado, y como si siempre hubiésemos estado allí.

Eramos los mejores amigos y todo era intenso y poderoso, todo era mágico todo lo era, todo era dulce y luminoso, todo eran risas y también sollozos, y estábamos tan cerca, que nadie nos distinguía, y nadie nos comprendía y nosotros, no veíamos a nadie.

Al cabo de unos años, el peso de la vida nos fue acercando a la tierra, y nos fuimos poniéndo más humanos, en el peor sentido de la palabra, y toda esta infinita intensidad quisimos elevar aún más, pero ay torpes nosotros no sé porqué, nos quedamos de pronto ciegos, y pensamos (pensamos) que nos amábamos como las parejas de Santiago, ésas que van abrazadas por el Parque Forestal, y yo te fui a buscar a Tongoy junto a la mar (fue cuando ví al cernícalo volar frente a mí y mostrarme su espalda de colores anaranjados).

Y de vuelta en Santiago, un día en tu casa, muy nerviosos los dos, nos besamos.

Nos tomamos de la mano buscando otra cosa que lo que siempre habíamos tenido. Y los dos supimos en seguida que la habíamos cagado, pero no lo reconocimos, y no lo dijimos. Pero insistimos durante los días que abarca una semana, y me robaron el auto de mis viejos, ¿te acuerdas?, e intentamos reparar lo irreparable, y en el robo se perdió la carta que me habías escrito en secreto, la que habías escondido en el libro de los Beatles, y el auto lo encontraron y la guitarra también, pero el libro nunca más, y cuando te conté, con pena y como con un poco de alivio, me hablaste de la carta secreta, y como siempre me dijiste, es por algo, y claro, nunca me dijiste qué decía.

Y así nos fuimos separando, con una tristeza extraña y fría. Quedamos de vernos la próxima semana, supongo, algo así, te enseñé esa canción en el piano y fue lo último que pudimos arrebatarle al cielo de colores. La ciudad nos fue tragando, la vida nos fue enfriando, el viento nos fue llevando, a cada uno, a su destino indescifrable.

Así conocía la vida, así conocí la isla, así perdí tu dulzura y tu sonrisa, así perdí tu ser azul, y así nos perdimos el uno al otro.

Y nunca más te he visto, a no ser en sueños.

Todo sucede por algo, eso creo, aún.

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Un Domingo cualquiera hace un año…
0:44

La vida es un problema, o la vida está llena de problemas,voy caminando y hay un hombre tirado en el medio de la calle, paramédicos lo atienden entre 5, llega una ambulancia, y junto a ella dos coches de policía, la gente mira desde las veredas, unos miran hacia arriba, no hay vidrios detrozados, no hay coche chocado, llegan 2 ambulancias más, tres coches más de policía, un hombre de mal aspecto vestido de blue jeans y chaqueta de mezclilla tiene una placa colgando de una cadena en su cuello, sólo así sabemos que es policía, hace circular a los autos con pasajeros curiosos que miran esta escena, tomas mi mano y dices “vámonos de aquí, yo no quiero mirar”, y mientras nos alejamos, más coches oficiales llegan a la escena, no sabemos qué pasó, y ya nunca lo sabremos, un llamado telefónico me saca de mis quehaceres y me enajeno con rabia porque las cosas no son como yo quiero, ni aquí, ni en la distancia, los ruidos de esta ciudad llenan mi cabeza, las imágenes como enjambres de abejas nublan mis visiones, se me pierde el norte porque no tengo la cordillera a la vista,la gente habla en voz alta y espetan insultos y agravios en tono de broma que espantan aún así a las aves, “¡debería darte 600 puñaladas, maricón!” los poemas vuelan lejos, cargando las sutilezas que unen las secuencias cotidianas para dar coherencia, mis palabras y mi sangre se cargan de balas e ira porque el trato es injusto, por la raza, el color de la piel, los idiomas no se ponen de acuerdo, es la torre de babel, pero no se les permite vivir juntos, ni se les permiten sus anhelos separatistas, verjas electrificadas no detienen al color negro que busca zurcar otro cielo en libertad, los mismos que venden libertad aplacan a sus semejantes por ser distintos, ecuación imposible, equidistante, no hay acuerdo, no hay concenso, todas las negociaciones al tacho de la basura, una bala en la cabeza, 7 balas en la 100, deslizándose por mí siento tu respiración, tu cabello cae suavemente sobre mi rostro, mientras dormimos arrullados por sirenas y cánticos de permanente emergencia, luces azules y rojas dan frenéticas piruetas manchando los blancos muros de nuestra habitación, me abrazas, y lloras en silencio por todo lo que tus ojos han visto sufrir, una mujer corre a dejar a su hija en una guardería, para hacer una fila infinita de horas eternas, para recibir un papel en que no se dice nada (no se explica de qué sustancia está hecho el amor de madre, ni cómo llegan los hijos a la tierra),pero yo sigo caminando mirando hacia el cielo, bajando la vista para no caer, mirando fijo al frente, donde un hombre de 70 es golpeado por un bus, el hombre cae al suelo luego de dar vueltas como un trompo, esta vez no hay amulancias, sólo dos o tres transeúntes que se detienen a ayudarlo y yo, el hombre sólo dice que a pesar de estar bien, no cree poder levantarse hasta dentro de media hora, los transeuntes se marchan, yo me quedo con el hombre mientras el chofer del bus se baja a preguntar como está y a decir que ha llamado al Samur, va y vuelve al bus varias veces, me quedo con el hombre hasta que llegan dos oficales motorizados, un chico y una chica (nadie sabe si se han besado), y entonces me retiro, porque no tengo papeles, preguntándome qué es lo más correcto, me despido y sigo rumbo a mi destino original, entrar donde siempre a comprar napolitanas, de chocolate, y me siento tan absurdo, y envío una carta pidiendo disculpas por mi comportamiento, aunque sé que eso ya no arregla nada, lo hecho, hecho está, y vuelvo a la cama, al calor de tu cuerpo, al silencio de tu alma, rodeados por la noche que nos dice guarden calma, que nos jura que hay mar, para todos los humanos, más allá de este universo, lleno de problemas, yo te abrazo para tú que no llores, y calculo la distancia de universos paralelos, considerando las 11 dimensiones contenidas en el átomo, y me río sin reír, de que nadie ha entendido en verdad, porqué mierda es que no somos nada.

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Escribo que estoy escribiendo sobre el hecho de escribir. Fundidas la realidad y la fantasía, ¿cómo es posible imaginar sin conocer la realidad? Y puesto que cada vez se hace más irreal la realidad cotidiana, la fantasía se hace más real. Todo existe, nada existe, ¿qué sucede con el mundo mientras dormimos? ¿Sigue ahí afuera?, ¿o es el sueño que soñamos cuando creemos estar despiertos?

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